La maravillosa maldición de la lluvia. Vuelven las aves, huye la urgencia
Llueve. 2026 empezó con una borrasca encima de España a la que siguió otra y después otra hasta llegar a diez. Tren de borrascas. No hay expresión que defina más claramente la concatenación de fenómenos meteorológicos. Antes de que una se hubiera ido ya se conocía el nombre de la siguiente y si algo ha aprendido este país es que, si viene con nombre, viene fuerte. Campos encharcados, ríos desbordados, calles hechas ríos, gente desalojada. Alertas por lluvia, por viento, por desbordamiento de ríos. Alertas del tiempo y a tiempo. El agua salía por los enchufes de las casas en Grazalema y los hidrogeólogos volvían a demostrar para el gran público la importancia de la ciencia para la seguridad de todos y la conexión del agua superficial con la subterránea.
A mediados de febrero, 55 embalses estaban al 100% y otros 21, por encima del 95%. Incluso el embalse más grande de España y tercero de Europa, La Serena, en Badajoz, al límite de su capacidad, empezaba a desembalsar agua el 9 de febrero hacia otro embalse de la cuenca del Guadiana, el Zújar. No era el único. A lo largo y ancho del país las presas aliviaban agua, incapaces de retener toda la que caía.
A mediados de febrero, 55 embalses estaban al 100% y otros 21, por encima del 95%.
Borreguitos en el cielo, charquitos en el suelo, fiesta para las aves.
Para celebrar el mes de los humedales, la marisma de Doñana, ese inmenso plato de arcilla de 27.000 hectáreas que depende ya casi exclusivamente de la lluvia, se ha vuelto a llenar. El censo de enero de 2026 demuestra que este año las lluvias sí han llegado a tiempo para la invernada. Se han registrado 385.662 aves acuáticas de 87 especies, según la ICTS-Doñana con los datos ya de censo aéreo y terrestre.
La cifra está muy lejos de aquellos 684.084 ejemplares del censo de 1989, el máximo histórico; está aún por debajo de la media de los últimos 22 años (437.000 individuos) pero la mejora tras la dura sequía, cuando se llegaron a marcar mínimos por debajo de 50.000, es evidente y además esta vez ha ido unida a una recuperación de especies clave que venían mostrando descensos muy acusados. Incluso ha habido cierto repunte del ánsar común. Son datos tan positivos respecto al censo de 2025, año en el que se centra este informe, y mucho más respecto a 2024 que resulta ineludible recogerlos como muestra de una realidad tan obvia como tantas veces olvidada: cuando hay agua, las aves vuelven.
Cuando hay agua, las aves vuelven.
Las Tablas de Daimiel, moribundas desde hace años hasta las lluvias de 2024, han alcanzado en febrero de 2026 el 50% de su superficie de inundación, 850 hectáreas. El jueves 12 de febrero de 2026, el agua entraba por tercer año consecutivo al Parque por el cauce del río Gigüela y ese día se suspendía la respiración asistida de las Tablas, el agua bombeada dejaba de salir de los sondeos de emergencia que se habían activado el 1 de enero.
El agua caída sin freno ha llenado humedales aquí y allá, estacionales y permanentes y hasta se traía del pasado humedales históricos como la laguna de La Janda en Cádiz, con sus cubetas lagunares hace décadas desecadas llenas de nuevo de agua este febrero, para sonrojo de quienes prometieron recuperarlo en el Plan de Humedales 2030 y en una nueva guerra de competencias han dejado que el plan y la laguna se vayan tapando a base de olivar superintensivo y aguacate.
No todo es fiesta. Los temporales que llenan lagunas en el interior tienen otro efecto en los humedales costeros, sobre todo cuando son tan frágiles como el Delta del Ebro. Si en las memorias de la zona no hay modo de borrar la borrasca Gloria de 2020, cuando el agua del mar se les metió tan dentro que vieron borrarse desde playas al brazo del Trabucador y miles de hectáreas de arrozal, ahora el agua ha penetrado por los canales inundando de nuevo de agua salada amplias zonas del Parque. Si en el pasado ejercicio se dedicó un capítulo especial a la Albufera de Valencia por el papel que jugó en el desastre de la DANA de finales de octubre de 2024, este informe anual va a dedicar su capítulo en profundidad a este humedal costero que es el Delta del Ebro precisamente como muestra con datos, imágenes y análisis del efecto de los temporales y la subida del nivel del mar en un ecosistema ya fuertemente modificado por el ser humano.
De las lluvias de 2026 y las de 2025, que ya trajeron una recuperación aunque con importantes matices, hay tres cosas que recordamos en este informe. En primer lugar, en un mundo con las zonas húmedas en franca regresión, las aves acuden allí donde encuentran refugio en cuanto hay lámina de agua. En segundo, humedales como Las Tablas necesitan muy poco volumen relativo para lograr un estado óptimo de cara a la biodiversidad pero también se secan rápidamente en los meses cálidos por las temperaturas cada vez más altas y la falta de aporte de las aguas subterráneas que las alimentaban antes de la sobreexplotación.
Y tercero. Después de que suenen al fin las alarmas por la situación empeorada por la sequía, los humedales corren el riesgo de volver a caer en el olvido al llegar las precipitaciones. El mínimo espesor del barro ha atascado ya muchas veces las medidas que se anunciaban como imprescindibles en lo peor de una sequía. Como se ha dejado que la salud de los humedales más protegidos, los que son parte de la lista Ramsar, Reserva de la Biosfera, Parques Nacionales, ZEPA, LIC y todos los acrónimos posibles dependa del cielo aunque su origen natural en muchos casos sean los acuíferos, ahora que estos están esquilmados, que llueva sirve para tapar el daño.
Que llueva sirve para tapar el daño que se ha causado durante décadas a los acuíferos.
En la última sequía ese daño ha llegado a ser en algunos de los humedales más preciados mucho mayor de lo que se conocía públicamente hasta ahora. La turba de Las Tablas volvió a arder en 2023, según ha podido saberse durante la elaboración de este informe. No es cualquier año. En 2023, Las Tablas de Daimiel cumplieron 50 años desde su declaración como Parque Nacional. No hubo grandes celebraciones. Se tomaron medidas de emergencia, se esquivó el desastre, se aprendieron algunas lecciones pero, en cuanto ha llovido, está costando mantener lo aprendido.
En Doñana, en ese lento proceso para lograr que se ponga límite a la sobreexplotación de los acuíferos que afectan al Parque, años después de la sentencia de Europa que condenó a España por no limitar las extracciones, al fin están constituidas las tres comunidades de usuarios de las masas subterráneas (CUAS) de las tres masas en riesgo pero solo una de ellas tiene ya el plan de extracciones. ¿Se mantendrán las 'prisas', nótese la ironía, después de la lluvia?
El Plan Estratégico de Humedales 2030 del Ministerio para la Transición Ecológica, aprobado en 2022, fija como meta que en 2026 todas las comunidades autónomas tengan sus humedales incluidos en el Inventario Nacional, pero en los últimos años son pocas las comunidades autónomas que han actualizado sus humedales en el inventario.
Veinte años después de la creación del Inventario Español de Zonas Húmedas (IEZH), solo 10 comunidades autónomas han aportado sus datos al inventario nacional. La última comunidad autónoma en incorporarse fue Cantabria en 2024 cuando remitió 44 humedales. En 2025, solo Andalucía ha enviado una actualización para incorporar 5 nuevos humedales de las provincias de Cádiz y Málaga: las Lagunas de Bonanza (en estado muy alterado), Huerta de las Pilas (conservada), los Humedales de Cetina (conservada), Haza de la Torre (alterada) y la Laguna de Alberca (alterada).
Galicia, Castilla y León, Aragón y Cataluña cuentan con catálogos autonómicos, pero aún no han sido remitidos al inventario nacional. Extremadura y Canarias ni siquiera cuentan con catálogos autonómicos, aunque sí disponen de zonas húmedas catalogadas de Importancia Internacional en el Convenio de Ramsar, como el Embalse de Orellana y el Complejo lagunar de La Albuera, en Extremadura, y el Saladar de Jandía, en Canarias.
En el caso de Extremadura, en marzo de 2023 se anunció el convenio de colaboración de la Junta con la Universidad de Extremadura para la conservación e identificación de zonas húmedas. Desde la consejería de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Sostenible explican, en enero de 2026, que aún están trabajando en el informe final para tenerlo listo "lo antes posible".
Casi el 50% de los humedales incluidos en el catálogo se encuentra en una situación de conservación desfavorable o han desaparecido.
La situación de conservación de los 910 humedales que conforman el inventario nacional no es buena. Casi el 50% de los humedales incluidos en el catálogo se encuentra en una situación de conservación desfavorable o han desaparecido. Solo el 13,1% de los sitios analizados puede considerarse en buen estado de conservación atendiendo a "la calidad del hábitat que precisan sus poblaciones de aves".
El año 2025 ha cerrado como húmedo y extremadamente cálido según el balance climático realizado por la AEMET con unas precipitaciones que alcanzaron el 109% de lo normal en la España peninsular.
Sin embargo, para los ecosistemas acuáticos, y especialmente para nuestros humedales, el dato de precipitación es una verdad a medias si no se cruza con la temperatura. España ha vivido otro año calificado como "extremadamente cálido", el tercero de la serie histórica empatado con 2024. La temperatura media de 15 °C y el hecho de que los últimos cuatro años hayan sido los más cálidos desde que hay registros imponen una realidad física ineludible: una tasa de evaporación que compite ferozmente con la lluvia caída, estresando la lámina de agua incluso en años de superávit pluviométrico.
España ha vivido otro año calificado como "extremadamente cálido". Tres olas de calor y temperaturas que superaron los 45°C.
También es relevante que, aunque la primavera sí fue muy húmeda (la quinta más lluviosa de la serie y tercera del siglo XXI), el verano y el otoño fueron secos en general. La distribución temporal fue muy heterogénea, con un enero húmedo frente a un febrero muy seco. Las precipitaciones se concentran además en episodios de fuerte intensidad en distintos momentos del año. Todo ello en un escenario donde el calor no dio tregua, con tres olas de calor en la Península y temperaturas que en agosto superaron los 45 °C en puntos del sur.
La situación varía igualmente dependiendo de la región que se mire. Por áreas geográficas, hubo un comportamiento mayoritariamente húmedo a muy húmedo en amplias zonas de la península, especialmente en zonas del oeste, el sur y parte del litoral mediterráneo, áreas críticas donde se ubican algunos de los humedales más emblemáticos y amenazados del país. En cambio, en la franja cantábrica oriental y algunas áreas del norte peninsular aparecieron zonas secas o muy secas. En los archipiélagos, el comportamiento fue diferenciado: en Canarias predominó un carácter normal a húmedo, mientras que en Baleares el carácter fue mayoritariamente normal.
El Delta del Ebro es la primera línea de muchos frentes. Una punta de flecha en constante cambio señalando al Mediterráneo donde el río hace avanzar la frontera de la tierra a base de empujar sedimentos y el mar se niega oponiendo su fuerza erosiva y dispersándolos. Es el punto de confluencia del agua dulce —río, acuíferos, lluvia— que inunda más de 20.000 hectáreas de arrozal y es impulsada por un engranaje de acequias y bombas contra el agua salada que quiere colarse cada vez más adentro. Es el cruce, incluso en los juzgados, de los intereses de protección de la naturaleza con los balances económicos de gigantescas empresas energéticas que han dejado desde hace décadas la desembocadura sin la llegada de nuevos sedimentos, atrapados en enormes presas levantadas una tras otra en el tramo final del río. Mequinenza, Ribarroja, Flix.
El parque natural del Delta del Ebro se creó en dos meses ante el riesgo de que se acometieran grandes desecaciones.
Esta zona húmeda, la más grande de Cataluña, una de las más importantes de Europa Occidental, Parque Natural desde 1983, ampliado en 1986, humedal protegido por el Convenio internacional Ramsar, Reserva de la Biosfera, está en alto riesgo. Tiene el mal de los humedales costeros, en regresión por el cambio climático y la subida del mar, y depende de un delta ligado a un río apresado una y otra vez a lo largo de su recorrido. Y cada cierto tiempo, los temporales. Viento y olas de seis, de ocho metros que se comen la costa. Mal asunto.
Para la biodiversidad, el Delta del Ebro es un mosaico de ecosistemas. Es la inmensa laguna de la Encanyissada, con más de 800 ha, una feria de aves desde cualquiera de sus miradores. Es la laguna de la Tancada, 312 hectáreas que parecen una fábrica de flamencos. Son inmensas llanuras de arrozales que ocupan dos tercios del delta y que, cuando se inundan en invierno, reciben en sus tierras encharcadas a flamencos, garzas, correlimos, avefrías, gaviotas y cada vez más y más moritos comunes.
Son también los humedales de depuración, como Illa de Mar (Deltebre) y l'Embut (Amposta), construidos por Acuamed para mejorar en lo posible mediante depuración blanda (filtros verdes y cubetas sucesivas con vertido por gravedad) la calidad del agua que sale de los arrozales cargada de fitosanitarios, plaguicidas, nitratos antes de que llegue a las bahías y lagunas y que se han convertido en un nuevo refugio de cormoranes, gallinetas, patos y aguiluchos laguneros entre otras muchas aves que pueden verse entre sus cañas.
Y es por supuesto la Isla de Buda, uno de los humedales mejor conservados de España por su acceso muy restringido (es en parte propiedad privada y en parte de la Generalitat de Cataluña) pero a la vez una de las partes del Delta con mayor regresión y en riesgo de desaparecer.
La isla de Buda, delimitada por dos brazos de agua dulce (Ebro y Migjorn), es un concentrado de todos los ecosistemas del Delta: lagunas (Calaix Gran y Calaix del Mar), carrizos, salicornia, bosque de ribera, playas con dunas y arrozal. Es responsable de la mitad de los ejemplares de aves de más de 300 especies que se han censado en el Delta. Y es incluso donde se avistan libres caballos blancos de la Camarga, esa raza típica de otro delta, el del Ródano, en Francia.
El parque natural del Delta del Ebro se vanagloria de haberse creado en tan solo dos meses, sin consulta pública ni preparación, en los lejanos años ochenta por el impulso de jóvenes al frente de los ayuntamientos entonces nuevos de la zona (Deltebre acababa de separarse de Tortosa) que, temiendo la llegada de nuevos terratenientes y el surgimiento de maquinaria capaz de desecar extensas zonas húmedas, se fueron a Barcelona a hablar con quien hiciera falta en defensa de las lagunas y especialmente de las aves que atraían, "la parte más visible, emblemática y espectacular de la zona", recuerda el director actual del Parque, Francesc Vidal. Se volvieron con un parque natural bajo el brazo y un conflicto. Así es el Delta.
"Aquella gente quería salvar las lagunas, pero en aquella época se entendía la protección de la naturaleza como algo restrictivo, aislar la naturaleza de las actividades humanas. Hubo una reacción muy fuerte en contra, porque pensaban que no se iban a poder mantener actividades tan arraigadas en el Delta como la caza, la pesca, la agricultura. El primer director del Parque tuvo que hacer un esfuerzo de negociación, de pedagogía para explicar esta visión más moderna de los espacios naturales que es la convivencia y la sostenibilidad". Así, prometiendo aprender a convivir, nació el Parque "primero con las lagunas de la zona norte" en 1983 y, tres años más tarde, incorporando la zona sur. Y con el Parque cogió fuerza otra actividad económica: el turismo.
El Parque tiene alojamientos turísticos y hasta permite autocaravanas en su interior, algo impensable en otros espacios con similares figuras de protección. Con entre 560.000 y 600.000 visitantes al año, tras el boom posterior a la Covid, hubo que poner ciertos límites.
"Después de más de 40 años todavía continuamos" con la labor pedagógica "porque la convivencia es una cosa que hay que trabajar cada día", explica Vidal. "Cada día salen retos, nuevas circunstancias, actividades nuevas y eso lo tenemos que ir ajustando y trabajando para crear este equilibrio con el desarrollo económico".
Esto no significa que no haya mucho margen de mejora. Científicos como el biólogo Carles Ibáñez, especializado en ecología acuática y con una vida científica y profesional en el Delta, donde ya realizó su tesis doctoral, responsable hace años del grupo de investigación de ecosistemas acuáticos montado en el IRTA (Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias) y actualmente director del Centro de Resiliencia Climática de Eurecat, cree que, "a corto y medio plazo, si hay una buena gestión en el Delta, este puede mantener un buen estado socioecológico".
Considera que "el potencial que tienen los sistemas costeros de regeneración y de productividad es enorme y que, haciendo mejor las cosas, se puede vivir mejor, se puede ganar más dinero y podemos tener una biodiversidad más equilibrada". Propone para ello, por ejemplo, un listado de mejoras como "instalar filtros verdes, cambiar hacia una agricultura más regenerativa", con menos fitosanitarios. También ha estudiado durante años métodos para reincorporar sedimentos al delta, como se explica más adelante.
Si en algo coinciden pescadores y arroceros, empresarios turísticos y la dirección del Parque, científicos y hasta las aves y peces es en que el espacio físico del Delta vive una guerra difícil de ganar a largo plazo. Su enfermedad se puede hacer crónica durante las próximas décadas a base de inversiones para simular el mecanismo antes natural de la desembocadura, bombear el agua que se cuela dentro, echar arena a las playas para alejar el mar, poner diques, fabricarse unos Países Bajos en miniatura, pero a más largo plazo es un hecho que al Delta le ha pillado el cambio climático y la subida del nivel del mar sin solucionar la falta de sedimentos generada desde hace décadas.
En palabras del director del parque: "Desde mediados del siglo pasado ya no hay prácticamente sedimentos en los caudales por toda la creación de pantanos y el mar está ganando esa batalla cada día más".
Hay un voluminoso documento oficial que pone cifras a lo que le pasa al Delta del Ebro. Son las 648 páginas del informe técnico del Plan para la Protección del Delta del Ebro elaborado para el Miteco (Ministerio de Transición Ecológica) por la colaboración de la Dirección General de la Costa y el Mar, la Dirección General del Agua y la Confederación Hidrográfica del Ebro, con el soporte técnico y científico del CEDEX. Es un trabajo en el que se integraron también estudios realizados por la Generalitat de Cataluña, la Oficina Catalana del Cambio climático y el Laboratorio de Ingeniería Marítima de la Universidad Politécnica de Cataluña.
Fue publicado en febrero de 2021 y no es casualidad. Es el reflejo del efecto que tuvo el temporal Gloria de 2020, la prueba que mostró a todos la fragilidad del Delta. La misma que motivó la llamada Estrategia Delta de la Generalitat de Cataluña.
El informe del Miteco pone cifras al efecto de los embalses de Mequinenza, Ribarroja y Flix, que "llevan almacenando sedimentos" que habrían llegado al delta "desde hace ya más de 60 años".
El embalse de Mequinenza, una cubeta gigante de 108 km de longitud y capacidad original para 1.483 hm3, ya "retiene la práctica totalidad del sedimento que llega" con el río, tanto "por arrastre del fondo como en suspensión". Se estimó que la acumulación de sedimentos en el embalse desde su creación podía rondar los 240 hm3, con una tasa de sedimentación anual de unos 4,36 millones de toneladas que en las primeras décadas (1966 a 1982) se estima que llegó a ser de 6,68 millones de toneladas al año.
Siguiendo el curso del río, en el embalse de Ribarroja, aún llegan sedimentos que se quedan también retenidos y que en el momento de elaboración del informe suponían una acumulación histórica de entre 15 y 19,3 hm3. Al final del Ebro solo llega el sedimento en suspensión que no se retiene en Ribarroja, que es el 60% de las aportaciones del Cinca y el Segre.
El documento afirma que la regulación del agua mediante embalses en el curso del Ebro "ha producido un importante desarrollo económico en toda la cuenca y un incremento de la seguridad frente a inundaciones y sequías", pero también "una reducción drástica de los aportes sedimentarios al curso bajo de la cuenca, que afecta de manera especial al Delta del Ebro, que sufre desde hace décadas procesos de erosión por el mar y subsidencia". La subsidencia es la reducción en altura de los sedimentos por compactación.
El Delta arrastra una serie de problemas globales que han llevado a la "aparición de zonas en estado erosivo casi permanente". Afecta de forma especialmente importante a "las playas de la Marquesa y Riumar, la isla de Buda y la barra del Trabucador". A la falta de sedimento se une la "descompensación" de su dispersión, "por estar la desembocadura dirigida hacia el norte, lo que hace que no llegue casi nada de sedimento al hemidelta sur, aumentando el problema erosivo en las playas de la isla de Buda y Trabucador". A todo ello se suma la "inundación de la plataforma deltaica", producida por los temporales y agravada por la subida del nivel del mar.
Sobre los temporales, concreta el informe, "el Delta también se ha visto muy afectado por la sucesión de temporales marítimos de un carácter extraordinario" como los de "2017, 2020 (borrasca Gloria) y 2021 (borrasca Filomena), provocando retrocesos de hasta 50 metros en las líneas de orilla en algunos tramos de la costa sometidos al oleaje exterior".
Para ser gentes acostumbradas a que "el Delta está vivo", como ellos mismos dicen para expresar el constante cambio de la desembocadura del Ebro, es difícil hablar del Delta con alguien de la zona y que no salga Gloria en la conversación.
De esa borrasca con nombre que les metió el mar hasta donde estaban convencidos que era zona de tierra, arrozal y agua dulce se acuerdan desde el director del Parque Natural a los agricultores y Eli, antes pescadora del Delta, como su padre, y ahora patrona de una embarcación turística que recorre los límites internos del Delta y el contorno de la Isla de Buda para explicar su naturaleza, retar a contar cormoranes a cambio de que el viaje salga gratis o buscar el junco donde se haya posado un martín pescador para presentárselo a los de fuera. Gloria se comió la costa, recuerda.
El agua del mar entró 3 kilómetros tierra adentro, inundando de agua salada 3.000 hectáreas de arrozales.
Olas de hasta 8 metros y vientos fuertes entre el 20 y el 23 de enero de 2020 se tragaron la barra del Trabucador. El agua del mar entró 3 kilómetros tierra adentro, inundando de agua salada 3.000 hectáreas de arrozales. Las Administraciones despertaron entonces a los riesgos del Delta. Surgieron mesas de consenso, diferentes planes, se hicieron aportaciones de arena de urgencia en los lugares más frágiles (Isla de Buda, el Trabucador, la Marquesa), se instalaron bombas en puntos estratégicos y se planearon diques.
"Con los cambios globales que se están produciendo, la elevación del nivel del mar, las borrascas cada vez más importantes, más fuertes, los cambios cada vez son más rápidos, cada vez se ven más, son más evidentes y ese dinamismo que tienen los deltas, que siempre han tenido sin cambio climático, ahora los vivimos como un desastre", explica el director del Parque Natural, Francesc Vidal. Los deltas "son espacios dinámicos, pero ahora se ve como una pérdida, un retroceso y una fragilidad de este espacio y se exigen soluciones para que se pueda ralentizar un poco. Ahí estamos, intentando buscar qué hacemos con el Delta", resume.
"Con Gloria se hizo muy evidente que había que hacer algo". Ese algo cambia según la Administración. "Desde aquí, desde el territorio se planteó ensanchar las playas, añadir arena para que ofrezcan protección" y desde "el Estado español se planteó que nos vayamos hacia atrás para minimizar la fuerza de los temporales. Es la misma filosofía pero con dos soluciones diferentes", comenta Vidal.
Pero añade: "No es solo la línea de costa. El problema más grave del Delta del Ebro va a ser la inundación. Está teniendo lugar un proceso que se llama subsidencia, que es la compactación de los sedimentos. Son tres o cuatro milímetros al año que se pierden de forma natural" pero al mismo tiempo "está subiendo el nivel del mar. Entre una cosa y la otra, la mitad del delta quedará bajo el nivel del mar y ahí sí que las soluciones, si queremos mantener los cultivos, van a ser más difíciles y más costosas de mantener", como "drenar y bombear al estilo de lo que hacen en Holanda", explica el director del Parque.
La mitad del delta quedará bajo el nivel del mar y las soluciones van a ser más difíciles y más costosas de mantener.
Este mes de febrero de 2026, un nuevo temporal ha vuelto a hacer evidente la fragilidad del Delta. "Con la subida del nivel del mar, cada vez es más fácil que pueda entrar agua en eventos de tiempos fuertes y temporales", comenta el científico Carles Ibáñez. Distingue, eso sí, lo que ocurrió con Gloria en 2020, que fue una entrada de agua "cruzando la playa" frente a la entrada "por canales de desagüe o conexión en las bahías", como ha ocurrido esta vez. Al final, "para evitar la inundación, en las bahías hay que hacer diques, que en la zona más afectada por este último temporal aún no estaban terminados. Al mismo tiempo deben reforzarse las playas haciéndolas más anchas y con suficiente altura para que el agua no las traspase en caso de temporal".
Las medidas que se plantean actualmente tratan de convertir en crónica en lo posible la situación pero el horizonte a más largo plazo en la costa no es bueno en casi ningún punto y menos en los ecosistemas bajos (el Delta tiene una altura en su punto máximo de tan solo 4 metros sobre el nivel del mar).
El científico Carles Ibáñez habla también del futuro del Delta y las diferentes intervenciones posibles. "Si hablamos a medio plazo, la situación es muy complicada, básicamente por la subida del nivel del mar, porque se acelerará y llegará a valores críticos para todos los sistemas costeros del planeta, no solo para los que son bajos", como es el caso del Delta. "Si hablamos dentro de las próximas décadas, en el presente siglo, estamos en transición hacia un sistema a la holandesa. Esto ya lo habíamos previsto en estudios de los años 90 y ya estamos ahí. El nivel del mar ha subido 30 centímetros, hay que añadir la subsidencia y ya tanto a nivel del ecosistema natural como del propio cultivo del arroz, que es la principal actividad económica, se necesita un aislamiento respecto al mar".
Aislar el delta tanto como se pueda. "Las playas pueden ser una defensa efectiva" pero el agua entra por el subsuelo y se crean piscinas, lo que "implica la necesidad de bombear esa agua". Como modelo "no es el mejor, porque nosotros siempre hemos defendido la idea difícil pero no imposible de recuperar el aporte de sedimentos del río para elevar el delta y que no retroceda, que es lo que pasaba antiguamente de forma natural, pero si eso de momento no es posible, o te aíslas o te inundas. Esto ya se está haciendo. Ya estamos de facto actuando a la holandesa y bombeando el agua de los arrozales".
El Delta tiene una altura en su punto máximo de solo 4 metros sobre el nivel del mar
Bombear agua de los arrozales en el Delta del Ebro es cualquier cosa menos un sistema nuevo. Hay todo un engranaje que viene desde los años ochenta, que se controla desde las comunidades de regantes, se pensó para "cuando había grandes lluvias" y consiste en "evacuar el agua con bombas". Ese carácter temporal se ha ido perdiendo. "A medida que el nivel del mar ha ido subiendo, se ha ido cada vez utilizando más permanentemente para evitar que se inunden los arrozales, porque si dejas de bombear, el agua sale por todas partes. No es nada nuevo. Hay muchos deltas que ya están en esta situación". Se bombea el agua que llega por el subsuelo pero también ha habido que poner diques. “El mar, si no pones una pequeña protección, inunda directamente los arrozales”.
Esto, que se hace ya "prácticamente todo el año, cuando antes funcionaba casi siempre por gravedad, implica tener un sistema más artificial y más caro de mantener pero al mismo tiempo, con este funcionamiento podemos mantener un status quo del delta muy parecido al de las últimas décadas. Durante el presente siglo, con subidas del nivel del mar de hasta un metro, yo creo que este sistema puede funcionar". El problema es que, "a medida que el nivel del mar suba, cada vez se va a convertir en más caro y más difícil".
El Plan para la Protección del Delta del Ebro de 2021 señalaba las posibilidades de traslado de los sedimentos acumulados en los embalses considerando casi todos muy complejos, muy costosos o ambos. Incluso la fórmula que se consideró "más factible", hacer un vaciado brusco de Ribarroja y dejar al río llevarse los sedimentos acumulados aguas abajo, podría tener impacto en las actividades económicas de todo ese tramo y riesgos para las centrales nucleares de Ascó y Vandellós. Es lo que tiene el Ebro. Se le ha dado tanto uso a cada palmo de río que cualquier modificación actual tendría unos efectos que las administraciones se empeñan en estudiar una y otra vez antes de provocar un mal mayor al que se pretende atajar.
Más favorable se muestra el estudio a seguir la línea de las "varias pruebas piloto de inyección de sedimento en el tramo final del río Ebro y en la red de canales de riego del Delta, cuyos resultados y experiencias deben ser la base de las acciones futuras".
Carles Ibáñez defiende la opción que propusieron en su día a la Agencia Catalana del Agua, que se la envió a su vez a la Confederación Hidrográfica del Ebro. Un piloto consistente en dragar 100.000 metros cúbicos del sedimento acumulado en la cola del embalse de Ribarroja y pasarlo al pie de la presa con una tubería flotante de alta densidad (mitad agua mitad sedimento) para que la corriente lo lleve al delta.
Estamos creando deltas artificiales en la cola de los embalses a expensas de destruir los deltas naturales en la costa.
Ve absurdo que ahora, en cuanto por la acumulación de ese sedimento en los embalses crece algo de carrizo y van aves, se acabe declarando el embalse zona húmeda y protegiéndola, impidiendo la actuación sobre los sedimentos. "Estamos creando deltas artificiales en la cola de los embalses a expensas de destruir los deltas naturales en la costa", que por su variedad de aguas generan "una gran variedad de hábitats para diferentes especies, es mucho más productivo, mucho más diverso y, al fin y al cabo, natural".
Ibáñez apunta que la acumulación de sedimento en los embalses implica además otro riesgo: la colmatación del embalse, que lleva a la pérdida de parte de su capacidad como reserva de agua. Es algo que inquieta especialmente de cara a las largas épocas de sequía que puedan sucederse con el cambio climático. De hecho, en Europa se ha planteado la posibilidad de incluir la gestión de los sedimentos de los ríos como parte de las exigencias de la Directiva Marco del Agua.
Por ese riesgo, explica Ibáñez, "hay sistemas de traspaso [de sedimentos] que se están aplicando a nivel mundial en muchos países, en algunos casos porque la normativa obliga, en otros porque tienen un problema de colmatación de los embalses". Existen sistemas de canales y túneles laterales en Japón, otros basados en compuertas de fondo que aprovechan los monzones para liberar grandes cantidades de sedimento y que sean arrastradas río abajo, como en China.
En España, ¿quién debería pagar el sistema? "Si una hidroeléctrica se beneficia del agua, que es un bien público y gana mucho dinero por producir electricidad pero genera un problema aguas abajo porque retiene los sedimentos, debería responsabilizarse de evitar esos impactos", comenta. De hecho hay un caso judicializado de una asociación llamada precisamente Sedimentos que quiere que una eléctrica, en este caso Endesa, asuma esa responsabilidad.
El histórico de datos de aves del Delta del Ebro se inicia antes incluso del nacimiento del Parque Natural, en los años setenta. Tesis doctorales, estudios de aficionados inician una serie que ya se incorporaba en enero al censo internacional y que se sistematizó al crearse el Parque.
El censo anual de aves del Parque Natural del Delta del Ebro incluye las lagunas pero también el resto de las zonas naturales y los arrozales.
Hay varios hitos que han marcado la evolución tanto positiva como negativa del censo. La primera es la propia configuración total del Parque, tras la ampliación de 1986. "La creación de refugios, la limitación de acceso en algunas zonas, la regulación de algunos usos y el establecimiento de una caza más controlada" hicieron del delta un lugar mejor para las aves acuáticas en invierno y se inició una cierta tendencia al alza en el censo. Pero los cambios más visibles vinieron por el factor de siempre: el agua.
"A finales de los 90 y principios de los 2000, se establecen unas medidas agroambientales para el cultivo del arroz" ligadas al cobro de ayudas europeas, que "resultaron muy positivas para las aves invernantes como fue mantener los campos inundados durante todo el periodo después de la cosecha de septiembre a octubre hasta enero, cuando ya se secaban para preparar los terrenos para volver a sembrar en abril", explica el director del Parque. "Ahí vimos una subida muy pronunciada de la curva. Pasamos de un censo de 150.000 aves acuáticas en todo el Delta a superar las 300.000".
Lo que vino con el agua se fue con ella. En el año 2009, apareció una agresiva especie invasora: el caracol manzana. Y como sucede con las invasoras si no se erradican al principio ya no se van.
En 2009 apareció el caracol manzana, especie invasora, en el Delta del Ebro. Miles de hectáreas de arrozal dejaron de inundarse para combatirlo, afectando a las aves.
De los tablones de anuncios de la sede del Parque cuelgan carteles advirtiendo de cómo es, cómo son sus huevos, qué hacer y qué no para combatirlo. En 2011 empezó a ponerse en marcha una medida drástica, dejar buena parte del Delta sin inundar durante el invierno. Aquello afectó a las aves, que dejaron de tener refugio en buena parte de los campos de arroz. El censo se ha llegado a reducir a menos de la mitad, con la excepción de los datos récord de 2022.
Aquello generó, para variar, un nuevo conflicto. Al estar incluida la inundación en la condicionalidad de las ayudas agrícolas, los agricultores del Delta del Ebro corrían el riesgo de dejar de percibirlas si no inundaban durante varios años consecutivos. Incluso el Departamento de Agricultura de la Generalitat tuvo serias dificultades a la hora de justificar ante Europa las razones para los límites a la inundación de los arrozales. Esa condicionalidad ya no existe y actualmente se inunda entre el 30% y el 40% de la superficie de arrozal del Delta.
El cambio en la inundación en los arrozales ha afectado también al agua de las lagunas al no entrar tanta agua dulce en el sistema en invierno.
La falta de inundación se vincula claramente al descenso de la garza real. En los últimos años han notado también cambios en otras especies que pueden ser efecto de la variación de las temperaturas por el cambio climático. Antes los patos eran más abundantes y ahora se ve un descenso importante, con el ánade real en 14.000 individuos frente a los 30.000 flamencos censados, que es una especie que sí está aumentando. También se observa desde hace años un aumento sostenido del morito común.
En el Delta, algo más de 50 personas recorren el terreno para realizar el censo abarcando las 30.000 hectáreas del delta en el menor número posible de días para tratar de evitar duplicidades.
El último censo, de enero de 2026, arrojó 147.800 individuos. De estos, el 32,8% eran limícolas (48.491); el 21%, anátidas (31.029); el 20,6%, flamencos (30.493); el 11,1%, cigüeñas, capones y espátulas (16.355); el 6,8%, fochas (10.022); el 5,5%, ardeidas; y el 1,1%, cormoranes.
Desde 1978, cada mañana, entre las ocho y las nueve, se recogen de forma manual los datos de la estación meteorológica situada junto al palacio de Doñana. Durante los últimos casi 15 años y especialmente en los últimos cinco, hasta el otoño de 2024, día tras día, la mayoría de las veces el dato trajo malas noticias para una de las mayores riquezas naturales de este país. No llovía o no lo suficiente y con la gran marisma de Doñana dependiendo básicamente del cielo y las lagunas peridunares afectadas por las extracciones de las aguas subterráneas que las alimentaban, los datos del censo de aves de la Estación Biológica de Doñana fueron mostrando año tras año la crisis del Parque.
Y llovió. Ya en 2025. Tanto como para llenar la marisma. Tanto como para que las aves volviesen a buscar refugio en Doñana. Lo suficiente para dar alivio a las lagunas de mayor tamaño y que la de Santa Olalla volviese a ser permanente después de secarse por completo dos veranos consecutivos.
Llovió a tiempo para que las autoridades de este país pudieran acudir, con bastante menos presión, a las reuniones en las que tenían que dar cuenta de los avances tras "la sentencia, publicada en junio de 2021, que condenó a España por la insuficiente conservación de los acuíferos y de las zonas ZEPA en Doñana". A saber, según el Esquema de temas Importantes de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir de preparación del Plan Hidrológico de cuarto ciclo referidas al Parque Nacional, la de diciembre de 2024 en Bruselas con la Comisión Europea y la junio de 2025 en París de seguimiento a las recomendaciones del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO.
En el año meteorológico que va desde septiembre de 2024 a finales de agosto de 2025, la lluvia dejó 675,95 mm acumulados de agua, el dato más alto en una década, el cuarto más alto en 20 años, el 11.º más alto desde que se inició la serie. El año ha sido clasificado como húmedo, según los criterios de la Aemet. Un año húmedo al fin.
El 42,3% de toda la lluvia del año hidrológico cayó en un único mes: marzo.
Junto al dato de cuánto llueve, cada vez es más relevante cuándo llueve y cuándo se evapora el agua. Sobre lo primero, la distribución de las lluvias no fue homogénea, nunca lo es totalmente pero cada vez lo es menos. Del anual acumulado, hay 285,80 mm que se corresponden solo con las precipitaciones de marzo de 2025 y eso equivale a decir que el 42,3% del total de todo el año hidrológico cayó en un único mes. Así llueve ahora cuando llueve. Intenso, concentrado en el tiempo, muchas veces torrencial. Una lluvia con menos capacidad de ir empapando lentamente la tierra, de irse filtrando hacia el subsuelo y de alimentar poco a poco los acuíferos.
En palabras de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, el "paisaje más peculiar y característico" de Doñana "es la marisma, una extensa llanura arcillosa que se inunda y deseca anualmente. Entre la marisma y la costa se sitúa una franja de distintas variedades de monte mediterráneo con numerosas lagunas dispersas". Esa es la parte que se ve. Pero hablar de Doñana y el agua es hablar de dos mundos y uno, la situación de las aguas subterráneas, no está a la vista, aunque sí monitorizada en detalle desde hace décadas. Se ve lo que pasa arriba, se sabe perfectamente lo que ocurre abajo.
La marisma depende ahora casi plenamente de la lluvia directa. No siempre fue así. Para empezar, hoy la marisma es solo un 20% de lo que fue en origen, al crearse de forma natural por la llegada del Guadalquivir al océano Atlántico, abierta en gran parte a las mareas y cruzada por varios brazos del río. En ella vertía también el río Guadiamar además de diversos arroyos. Hoy, en tanto no se finalicen los planes de reversión de cauces, el único arroyo que lleva agua a la marisma es el de La Rocina, alimentado por aguas subterráneas muy afectadas por las extracciones agrícolas.
Las lagunas peridunares, antes miles, están también alimentadas desde abajo por el agua subterránea. El efecto de las extracciones de esa agua es evidente.
En 2025, la marisma de Doñana recibió el agua de la lluvia como un cuenco gigante gracias a su suelo arcilloso, impermeable. La acumulación de agua debido a la parte no eliminada del dique de la Montaña del Río, que se construyó en 1998 para frenar la llegada al Parque de los vertidos tras el desastre de Aznalcollar, provocó además avenidas que desembocaron también en la marisma logrando "una de las mayores inundaciones de la serie histórica, llegando a alcanzar prácticamente el 100% de la marisma inundada en marzo" de 2025.
Tal fue la inundación que permitió que hubiese agua en las zonas más bajas durante todo el verano. Es algo que solo había ocurrido en otras cuatro ocasiones desde 1984.
Fue tal el nivel de inundación que, incluso siendo cierto que el agua se evapora ahora más rápido, que el año meteorológico fue húmedo pero también el segundo más cálido de la serie histórica, que se registró la quinta temperatura máxima de la serie, al alcanzarse 44,5ºC, y se superaron los 40ºC en 11 días, frente a los 5 días de 2023-2024, el agua aguantó el doble de lo que acostumbra.
La marisma estuvo inundada durante 157 días del pasado año hidrológico, cuando el promedio es de 79 días/año.
La marisma estuvo inundada durante 157 días, cuando el promedio es de 79 días al año.
La realidad de las lagunas peridunares fue otra.
El informe de finales de 2025 de la CHG recoge los últimos datos de los trabajos que se realizan desde hace una década merced al convenio que mantienen con la Universidad Pablo de Olavide. En ellos se hace seguimiento de las cinco principales lagunas: Sopetón, Santa Olalla, Dulce, Taraje, Zahíllo. La conclusión es clara: "Se constata un comportamiento diferenciado en función principalmente de la distancia de los sistemas lagunares a Matalascañas".
El efecto del consumo del agua de este complejo turístico es tan evidente que los hidrogeólogos llevan años advirtiendo de que notan las variaciones del nivel freático incluso entre dos días consecutivos si son los de comienzo o fin de la temporada alta de verano o fin de semana. De ahí que las lagunas más cercanas al complejo no notasen el efecto de la lluvia como las más alejadas.
Los hidrogeólogos notan las variaciones de los acuíferos que dan agua al complejo turístico de Matalascañas incluso entre dos días consecutivos si son los de comienzo o fin de la temporada alta.
"Los sistemas más cercanos a Matalascañas, como el zancallón de la laguna del Charco del Toro y la laguna de Zahíllo, muestran una alteración del hidroperiodo (días con agua) desacoplada de las alteraciones climáticas y posiblemente motivadas por el descenso del nivel freático en su entorno a causa de las extracciones para abastecimiento del núcleo urbano, ya que no se ha detectado una recuperación de los niveles piezométricos tras las lluvias", dice el informe de la CHG.
Sin embargo, "el comportamiento de las lagunas de Sopetón, Santa Olalla y Dulce muestra cómo, ante la recuperación de la precipitación en el año hidrológico 2024/25, el hidroperiodo se ha recuperado notablemente y los niveles se han mantenido por encima de la media".
Según el informe de la Estación Biológica de Doñana aunque las grandes lagunas mantuvieron agua todo el ciclo, respecto al resto, "de las 685 del catálogo de [Diego] Labourdette, se inundó el 36% y solo el 20% tuvo anomalías positivas".
"El sistema de lagunas de Doñana, que depende del acuífero, no llegó a responder ni tuvo funcionalidad neta", declara el informe de la ICTS.
A falta de conocer los datos de lo ocurrido con el tren de borrascas de principios de 2026, el efecto de la lluvia en la recarga de los acuíferos de Doñana en 2025 fue dispar. "Ha habido subidas de medio metro, incluso más de un metro, pero eso no permite recuperar la tendencia negativa de los últimos 20, 30, 40 años. En muchas zonas hay un descenso acumulado de 10 metros y que se haya recuperado medio metro no indica una gran recuperación. Hay zonas en las que ni se nota.
En muchas zonas de los acuíferos hay un descenso acumulado de 10 metros y que se haya recuperado medio metro no indica una gran recuperación.
El problema de Doñana es que muchas de las zonas surgentes, donde el agua está confinada, a presión bajo una capa de arcilla, había muchos pozos surgentes que dejaron de serlo hace 10, 15 años o más y siguen sin ser surgentes. La recuperación no ha sido suficiente", explica Carolina Guardiola Albert, doctora en Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente e investigadora científica del IGME.
Todo lo que tiene que ver con las extracciones de agua subterránea para mitigar lo que ocurre en Doñana va lento. Tres de las masas subterráneas bajo el Parque o en su área de influencia no fueron declaradas oficialmente como sobreexplotadas, es decir, con publicación en el BOE, hasta agosto de 2020, a pesar de los años y sucesivos planes de legalización de las extracciones ilegales que ya se sabía estaban afectando gravemente los acuíferos.
La normativa europea obliga a que todas las masas de agua, superficiales y subterráneas, estén en buen estado en 2027, algo que es sabido que en muchos casos, no solo en Doñana, no solo por toda España sino en toda Europa, no se va a cumplir.
Para Doñana hay una serie de actuaciones planteadas para lograr el buen estado de los acuíferos, que en el caso de la masa de La Rocina no es un problema solo cuantitativo sino también cualitativo por exceso de nitratos por encima de los límites legales. También se plantean actuaciones para mitigar el efecto en las lagunas del complejo de Matalascañas, como el traslado de los sondeos que alimentan el núcleo urbano, algo reflejado en los documentos de la CHG desde hace años y ahora ya presupuestado en 3,8 millones de euros pero aún no llevado a término.
Está planeado el establecimiento de comunidades de usuarios del agua subterránea (CUAS) para establecer los planes de restricción anual de aguas. A cierre de 2025 estaban ya constituidas las de las tres masas sobreexplotadas pero solo tenía aprobado programa de extracciones y metodología la de La Rocina. Y el trasvase desde el Tinto, Odiel y Piedras para sustituir extracciones por agua superficial sigue con su lento proceso de aprobaciones para obras intermedias necesarias para hacerlo realidad.
El dato de aves de Doñana en su último informe, referido al año hidrológico 2024-2025 y presentado en febrero de 2026, muestra 240.527 individuos censados en enero de 2025. Es una gran mejoría respecto a los mínimos históricos de enero de 2024 pero la cifra no solo está muy lejos de los 600.000 que se llegaban a registrar a finales de los años ochenta y principios de los 90, sino también lejos de la media de los últimos 22 años.
Los censos aéreos de la Estación Biológica de Doñana son una mina de datos. Se iniciaron en los años 70 y se realizan con vuelos en avioneta mensuales cubriendo todos los principales humedales, desde las lagunas permanentes a las marismas, riberas fluviales, arrozales y también las balsas tanto de acuicultura como salinas. Se monitorea un área de 84.628 hectáreas, con un registro sistemático de 42 especies.
El censo que se usa como referencia es el del mes de enero porque coincide con el Censo Internacional de Aves Acuáticas de Wetlands International y es el mes que suele coincidir con el de mayor número de individuos.
Sin embargo, a mediados de enero de 2025, gran parte de la marisma, el área de mayor concentración de aves, el gigantesco refugio de las invernantes en Doñana, estaba aún seca. Las lluvias concentradas en marzo no habían llegado a tiempo.
¿Dónde se localizaron entonces las aves?
Alrededor de la mitad de las aves censadas ese mes de enero (94.196 ejemplares) se localizaron en la finca de Veta la Palma, en la Puebla del Río (Sevilla). Esa finca, con sus balsas llenas de agua de forma permanente, se ha convertido en un refugio de las aves invernantes cuando falta la lluvia que alimenta la gran marisma. Otro 20% se localizó en la Marisma de Hinojos, donde sí había agua, lo que dio refugio a 33.165 aves censadas.
Flamencos, gaviotas y aves limícolas también aprovechan en la invernada, tanto junto a Doñana como en el Delta del Ebro, las parcelas de arroz que permanecen inundadas en parte o totalmente en invierno aunque no estén en producción en esa época del año, como ocurre en los arrozales de La Puebla del Río, Hato Blanco e Isla Mayor.
Además de la importancia del momento de concentración de las lluvias, es relevante entender de dónde veníamos, es decir, del mínimo histórico de enero de 2024, cuando solo se censaron en Doñana 43.989 aves. En aquel año, 32.970 fueron ánsares y patos, que después de ese mínimo histórico registraron cifras de 107.884 individuos en su mes máximo del periodo 2024-2025. El pato cuchara común también salvó las cifras mínimas de la temporada previa (22.195 individuos censados), más que doblándolas y alcanzando los 55.464 individuos, pero aún muy lejos de los más de 100.000 de los censos de la segunda década del siglo. Aumentaron el ánade rabudo, la aguja colinegra, la cerceta común y el ánade silbón pero con valores que siguen siendo muy bajos.
La especie que sigue registrando mínimos año tras año es el ánsar común, especie emblemática de Doñana que bajó a 2.533 ejemplares censados. Ya van cuatro temporadas rompiendo el suelo del mínimo de individuos.
El ánsar común, especie emblemática de Doñana, bajó a 2.533 ejemplares en enero de 2025. Tras cuatro años marcando mínimos, en 2026 ha vuelto a aumentar.
El flamenco común, que llegó a registrar 70.660 ejemplares en la temporada 2014-2015, alcanzó en la pasada temporada un censo mensual máximo de 48.076 individuos, ya cerca del promedio de 50.000.
Si el agua no llegó a tiempo para las invernantes, sí estaba ahí para la época de reproducción. Según el informe de la ICTS el año "excepcionalmente húmedo de 2025" propició "incrementos inmediatos y muy marcados en el número de parejas reproductoras de muchas especies de aves acuáticas".
En 2025 se censaron "34.962 parejas reproductoras pertenecientes a 40 especies, lo que representa aproximadamente el 74% de los reproductores habituales en Doñana". Esta mejoría no debe ocultar, sin embargo, el declive estructural de reproductores en Doñana, sobre todo en las especies que dependen de marismas estacionales y aguas someras.
Según el informe de la ICTS, "la reproducción de las aves acuáticas en Doñana sigue estando sometida a un deterioro estructural, aunque ciertas especies hayan respondido de forma positiva a la mayor disponibilidad de agua de los últimos dos años, pero la tendencia general continúa siendo negativa".
La reproducción de las aves acuáticas en Doñana sigue estando sometida a un deterioro estructural, pese a la mejora de ciertas especies, la tendencia general continúa siendo negativa.
Especies como la canastera común, el chorlitejo patinegro, la garza imperial y la espátula común aprovecharon el agua disponible para aumentar el número de parejas reproductoras respecto a la temporada previa, aunque sin lograr compensar el declive acumulado ya durante años. El aguilucho lagunero, después de tres temporadas sin aparecer, volvió a reproducirse en Doñana aunque con valores muy por debajo de los que registraba al principio de la serie. El avefría europea y el pato colorado no mostraron mejoría paralela al aumento de agua.
Sí hay especies que muestran incrementos sostenidos en el tiempo, es decir, no solo efecto de las lluvias de 2025. "La gaviota picofina, la garcilla cangrejera y la pagaza piconegra exhiben un patrón de aumento robusto a corto plazo y en el año 2025. La malvasía cabeciblanca y el morito común presentan una tendencia positiva a largo plazo y un incremento notable".
Para hablar de las consecuencias de la última sequía en el Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel y lo ocurrido tras la llegada de las lluvias, hay que remontarse al 1 de noviembre de 2023, cuando la superficie inundada del Parque según la información de la Confederación Hidrográfica del Guadiana era tan solo del 1,3% de la superficie inundable, 22 hectáreas. Nada.
En aquellas semanas del año en que el Parque Nacional de Las Tablas cumplía medio siglo, empezaron a detectarse señales de alerta de que podía estarse repitiendo la peor situación que ha vivido el Parque, la del incendio subterráneo de 2009 por combustión de la turba.
Como explica Carlos Ruiz, director del Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel desde hace diez años y trabajando en el parque desde hace dos décadas, "en el año 2009, después de un periodo de cinco años sin ningún tipo de aportación de agua, el Parque sufrió su mayor crisis ambiental, que fue la autocombustión de la turba asociada al cauce del río Guadiana, en el interior del Parque Nacional.
La turba", explica Ruiz, "es resultado de la acumulación de restos vegetales. Cuando está se seca, sufre un doble proceso de degradación: uno físico, consistente en la contracción por pérdida de humedad, la aparición de grietas y la pérdida de consistencia del suelo y un segundo que se debe a que, a través de esas grietas entra el aire y se produce una reacción de oxidación natural que va haciendo que ese material aumente de temperatura. Cuando alcanza próximamente 180 grados, surge una primera chispa y se produce un incendio en el subsuelo".
Las Tablas llevan más de 15 años luchando a base de parches para que no se repita el desastre de 2009: el incendio subterráneo de la turbera.
La crisis de 2009 se superó porque a finales de ese año empezó a llover de forma sostenida durante un largo periodo. Un periodo tan largo y tan húmedo que incluso volvieron a brotar los Ojos del Guadiana.
Se aprendió una lección: había que tener medidas de emergencia preparadas para los años malos. Porque volverían. Y volvieron.
Los pozos de emergencia perforados en 2009 no se usaron entonces por la vuelta de las lluvias pero allí estaban cuando un nuevo periodo de dura sequía obligó a activarlos en 2020. Se han hecho trasvases de ríos en superficie, medida descartada actualmente, y se ha llevado excepcionalmente agua del Tajo canalizada a través de la llamada tubería manchega, que entró en funcionamiento en 2023 para dar agua de beber a decenas de pueblos de la región. Esta infraestructura no admite fines medioambientales pero se usó para derivar agua a Las Tablas (1,2 hm3) aprovechando el periodo de pruebas.
Las Tablas llevan más de 15 años luchando para que no se repita el desastre a base de parches, sin medidas estructurales.
Y a finales de 2023 hubo señales de que no había sido suficiente. En el interior del Molino de Molemocho aparecieron varias fisuras en el suelo compatibles con un nuevo proceso de degradación de la turba. Una grieta dividiendo la tierra surgió como parte del rápido proceso de degradación en una zona que ya había ardido en 2009. Ese proceso, que se había prolongado de 2005 a 2009 en el episodio anterior, se había dado esta vez en meses, de julio a diciembre de 2023, explican los responsables del Parque.
El 19 de diciembre, se observaron las primeras fumarolas en el interior del Parque, humo apareciendo entre los rotos de la tierra seca. Podían ser simple condensación, vapor de agua, como ocurre otros inviernos, esperaban, pero había algo que desmentía cualquier interpretación de ese tipo: olía a quemado. Había incendio subterráneo.
En lo peor de la sequía, el 19 de diciembre de 2023, volvieron a aparecer fumarolas en el interior del Parque confirmando el incendio subterráneo.
Los pozos de emergencia de Las Tablas tienen una concesión máxima de 10 hm3/año pero es preciso recibir autorización para activarlos. Ese mismo día hubo un acuerdo de la comisión Mixta para solicitar el bombeo y también ese mismo día la Confederación Hidrográfica del Guadiana lo autorizó. Ese era el nivel de alarma.
El 1 de diciembre de 2024, la superficie inundada de Las Tablas era de nuevo tan solo de 62 hectáreas, el 3,58% de la inundable. Dicho de otro modo, el 96,42% de la superficie inundable del Parque estaba desecada y como consecuencia se produjo de nuevo "un proceso de degradación de las turbas asociadas al cauce del río Guadiana en su interior", señala el Informe de situación ambiental y de gestión del Parque presentado el 11 de diciembre de 2025 ante el Patronato.
Ante la emergencia, se solicitó a la Comisión de Explotación del Acueducto Tajo-Segura una derivación de 20 hectómetros cúbicos "para garantizar el mantenimiento de los procesos ecológicos esenciales del Parque Nacional". Como alternativa se solicitó "a la Confederación Hidrográfica del Guadiana autorización especial de 10 hm3 para la activación de la batería de sondeos de emergencia con el objetivo de evitar la autocombustión de las turbas" y "permitir un mínimo desarrollo de los procesos biológicos esenciales del ecosistema acuático como la invernada de las aves que se debe desarrollar en estas fechas".
El 1 de enero de 2025 se activaron los pozos. Un mes después, el Parque Nacional lograba mantener inundada una superficie de 200 hectáreas. Lo mínimo, la zona a lo largo del cauce del río, la peligrosa zona de la turba.
El efecto, incluso con esa lámina, fue evidente. 623 ejemplares de pato colorado, 29 ejemplares de porrón pardo, 13 ejemplares de cerceta pardilla fueron contabilizados en el censo de invernantes de finales de enero de 2025. En esa misma fecha se contabilizaron 7.750 ejemplares de grullas, el 18% de la población invernante en Castilla-La Mancha.
La superficie encharcada seguía siendo insuficiente para afrontar el verano y se siguió tirando de pozo.
Y empezó a llover. El 18 de marzo, aguas del Gigüela, lentas, por encharcamiento, llegaban a la isla de Algeciras y empezaban a inundar el Parque Nacional. Ese mismo día, un grupo de agricultores acudió al Parque para exigir la paralización de los pozos de emergencia que sacan el agua del mismo acuífero que usan para el riego.
En el parque sabían lo que se venía, el verano, las altas temperaturas, desecación y aguantaron durante unas semanas el pulso. La media de temperaturas anuales según la estación meteorológica de Las Tablas ha pasado de 14,5º a 17º en una serie que empieza en 1970. El número de días con temperaturas superiores a 40º ha llegado a rondar la docena al año, cuando hasta el año 2000 no se alcanzaban prácticamente ningún día.
Tomando como referencia 2024, desde la Dirección del Parque se esperaba llegar a la cota aprendida: 605,34 metros sobre el nivel del mar en Puente Navarro, para terminar el verano al menos con 50 hectáreas encharcadas. El mínimo para asegurar la cría sin dejar al aire los nidos. El 4 de abril se suspendió el bombeo. No se había llegado al límite de la concesión. Se había parado tras extraer 7,4 hm3. Afortunadamente, las lluvias hicieron el resto.
El 15 de mayo, el Parque Nacional alcanzó una superficie inundada de 1.130 hectáreas, aún lejos de las 1.600 hectáreas mínimas que debería tener a finales de la primavera según el Plan Rector del Parque pero sin duda una inundación que hacía años que no tenía, el 65,17% de la superficie inundable.
Se había logrado con el aporte de agua entrando por el canal del Gigüela (8,2 hm3) más el volumen aportado por la extracción de los pozos (7,4 hm3), es decir, con tan solo 15,6 hm3 de aportación. Desde la dirección del Parque defienden que son cifras mínimas y que, de garantizarles un mínimo de 20 hm3 al año, los efectos en la salud del Parque y su avifauna serían evidentes.
El agua acumulada en Las Tablas sirvió para tener el mejor dato del censo de nidificantes de la serie 1980-2025, alcanzando entre 1.350 y 1.400 parejas reproductoras de pato colorado; entre 500 y 550 parejas de porrón común y logrando el mejor núcleo reproductor en España de 2025 de malvasía (74 polladas con 454 pollos de entre 90 y 95 parejas).
Se reprodujo la cerceta pardilla, con una pollada con 7 pollos y se mejoró el censo del escribano palustre iberoriental (19 parejas, el principal núcleo de la Península en 2025). Incluso una especie en peligro de extinción como el fumarel común encontró refugio en Las Tablas, apareciendo entre 20 y 25 parejas por primera vez en momento de reproducción. Se censaron más de 50 parejas de garza imperial y otras tantas de garceta grande, entre 7 y 9 de garcilla cangrejera y la que se considera la primera cita de reproducción no solo en Las Tablas sino en la provincia de Ciudad Real de flamencos, con 200 parejas que dieron lugar a unos 100 pollos observados.
En 2025, tuvo lugar la primera cita de reproducción de flamencos en Las Tablas
Para unirse a la fiesta, por Las Tablas se pasó hasta Torcón, un lince ibérico que permaneció una semana en el Parque Nacional a mediados de abril. Es la primera vez que se tiene constancia de la presencia en Las Tablas de esta especie emblemática.
El 1 de diciembre de 2025, la superficie inundada de Las Tablas de Daimiel rondaba el 10%, con 180 hectáreas. La Comisión Mixta volvió a solicitar la autorización especial de bombeo para garantizar la conservación de las turbas. Se activaron el 1 de enero de 2026. El tren de borrascas de principios de año motivó mes y medio más tarde que se parase el bombeo.
Meses en los que se han activado los pozos de sequía. Envío de agua desde la tubería manchega.
Hay otra actuación además de la solicitud de agua. La tierra. El Parque Nacional de Las Tablas compra tierras para ir cerrando grifos del regadío que las rodea. Entre 2014 y 2024 ha comprado 722 hectáreas por unos 40 millones de euros. En junio de 2025 se hizo una de las mayores adquisiciones, la compra de la finca Casablanca, de 680 hectáreas, de las que 10 son de regadío.
Las compras no han dado para mucha agua: 2,9 hm3/año, pero es algo y ha permitido ir ampliando el Parque. De las 1.928 hectáreas que tenía en 1980 a las más de 3.000 has actuales. Hay otras 1.500 has adquiridas que aún no se han sumado a la superficie del ecosistema protegido porque la ley obliga a que tengan continuidad.
A falta de conocer los efectos del tren de borrascas de 2026, Miguel Mejías, Jefe de Área de Hidrogeología Aplicada del IGME-CSIC que elabora cada año el Informe de la Evolución hidrogeológica de las tres masas de agua subterránea centrales del Alto Guadiana, lo deja claro: "Las lluvias de 2025 no influyeron nada desde el punto de vista de los recursos hídricos subterráneos", que son el corazón que hacía brotar de forma natural el agua que alimentaba el humedal.
Mejías y su equipo tienen un programa completo de monitorización en aguas altas y bajas pero hay un sensor muy especial que les reporta datos, un piezómetro instalado en los mismos Ojos del Guadiana midiendo el nivel del agua subterránea en ese punto desde el año 1979. Es el registro en cifras del desastre. El nivel allí abajo, según la medición realizada en enero, estaba a 13,15 metros de distancia del punto en el que el agua brotaría en superficie, algo que ocurre cuando se alcanzan los 611 metros sobre el nivel del mar. Es el momento en que el agua del acuífero empieza a generar charcos en la superficie. La distancia hoy es mayor a la altura de un edificio de 4 plantas. Esa es la magnitud de lo que se ha vaciado.
El nivel del agua subterránea está a más de 13 metros de distancia del punto en que brotaría en superficie: más que la altura de un edificio de cuatro plantas.
A esos niveles no es posible que resurjan los Ojos del Guadiana, esa maravilla hidrogeológica que brotaba por acumulación de aguas subterráneas generando nada menos que un río, el Guadiana, que discurría sin cauce definido hasta juntarse con el Gigüela y dar lugar a Las Tablas, alimentadas simultáneamente desde arriba por esos ríos y desde abajo por las aguas subterráneas. En su estado natural, el Guadiana llegaba por escorrentía a las Tablas y seguía su camino después. "Es algo que ocurrió hasta 1980", explica Mejías, "aunque ya ese año de un modo algo mermado. Lo que tenemos ahora mismo en las Tablas es un represamiento artificial. Inundamos, desde el punto de vista de la biodiversidad las aves anidan, hay peces, pero no tiene nada que ver lo que hay ahora con el sistema hidrológico natural".
Coincide con el director del Parque en que las Tablas, para alcanzar una superficie bastante aceptable para sostener la biodiversidad, no requieren gran cantidad de agua. "En su máximo esplendor está en torno a 16 hm3". Eso sí, quiere dejar claro, "almacenados, sin que exista escorrentía superficial, sin que corra el agua por Puente Navarro". Es decir, sin que eso signifique ni de cerca recuperar el sistema natural.
Los Ojos no han vuelto a brotar desde el periodo entre 2014 y 2016. El nivel desciende ahora más rápido año tras año de lo que lo hizo hasta 2009, una realidad que muestran los datos y que coincide con la percepción expresada desde la dirección del Parque de que la mayor fragilidad haya hecho que la degradación de la turba también se haya acelerado.
La cantidad de agua que se ha extraído desde 1980 por encima de la que era capaz de reponer el ciclo natural del agua ha supuesto un vaciado de las masas de agua subterránea centrales del Alto Guadiana de 2.145 hm3. Cada año, llueva o no, sigue descendiendo.
El vaciado acumulado de las aguas subterráneas del Alto Guadiana desde 1980 es de 2.145 hectómetros cúbicos. Cada año, llueva o no, sigue descendiendo.
La lluvia de 2025 tuvo su efecto, lo demuestran los censos de aves, reconocía Mejías en una conversación previa a las borrascas de febrero, pero es totalmente esporádico. "Hubo alguna borrasca en primavera [2025] pero fueron episodios de precipitación muy locales que permitieron que corriera un poco el agua de los ríos, el Gigüela discurrió algo más de 40 días, pero en ningún caso se recupera lo que se ha extraído de los recursos hídricos subterráneos". El efecto dura muy poco. "En cuanto empieza la evaporación, se reduce muy rápidamente la superficie encharcada y se vuelve a la misma situación".
En cifras, el año hidrológico 2024/2025 fue un año medio en cuanto a precipitaciones en la estación pluviométrica 4112, la de Las Tablas de Daimiel: 401 mm, un ligero aumento respecto al año anterior (380,6 mm), recoge el informe liderado por Miguel Mejías. "Desde el año hidrogeológico 2013-2014, en la estación Tablas de Daimiel existe un predominio de años secos, ocho, solo interrumpido por un año húmedo, el de 2017/18 y dos medios (2020/21 y 2023/24)", añade.
Que en el "periodo 2024/2025", con lluvias medias, siga habiendo un "vaciado de unos 165 hm3" significa que no se están cumpliendo las limitaciones a las dotaciones de agua de los planes anuales de restricciones que se aprueban en diciembre de cada año por el hecho de tratarse de masas de agua declaradas como sobreexplotadas, o según la denominación actual, en riesgo de no alcanzar el buen estado cuantitativo. "La suma de esas dotaciones no supera los recursos disponibles, lo que ocurre es que no se cumple. Se saca más de lo que se permite en el Régimen Anual de Extracciones, que actualmente están muy por debajo de lo que otorgan las concesiones".
El informe del IGME-CSIC lo deja claro: "Los incrementos puntuales de la precipitación, como en la primavera de 2025, han puesto de manifiesto que la recuperación del sistema hidrológico no se puede confiar únicamente a la aparición de esporádicos eventos o periodos húmedos, ya que, si bien producen ascensos de nivel, su escasa duración temporal no permite una recuperación completa del esquema natural de flujo".
Esos aumentos de las lluvias en primavera pueden incluso "llegar a producir escorrentía superficial, durante algunas semanas o meses, en los cauces, favoreciendo la inundación temporal de algunas zonas húmedas". Pero no tiene el efecto de recargar de forma relevante los acuíferos, es decir, el corazón del sistema natural que engendró y debería alimentar Las Tablas.
Para que se recuperase el sistema, sería necesario "un periodo húmedo realmente importante, porque llevamos casi 12 años de ejercicios secos o medios, y que se controlen las extracciones para que no superen las dotaciones del Régimen Anual. Hasta que no recuperemos los 2.145 hm3 de vaciado no va a haber escorrentía superficial desde el río Guadiana". ¿Posibilidades de que eso ocurra en vista de la situación y de la evolución por el cambio climático? "Muy pocas", sentencia Mejías.